La primera vez que fui a un todo incluido tenía seis años. Mi madre se había ganado una semana en Playa Dorada para four personas en una rifa en el banco donde trabajaba. Llegamos con nuestras toallas gastadas – su esposo, mi hermanastra, mi mamá y yo. Era 1983 y Punta Cana todavía no existía, por lo menos no para nosotros.

Tampoco había doñas friendo yaniqueques, ni conjuntos típicos, ni alquiler de tubos de camión y trajes de baño.

Lo primero que me llamó la atención fue que nadie hablaba español. Lo segundo, que casi todos, excepto los que atendían las barras, eran blancos. Lo tercero, que podía tomar toda la Coca-Cola del mundo sin pagarla. La playa estaba limpia y no había niños pidiéndonos dinero o la cabeza ya sin cuerpo de un pescado frito. Tampoco había doñas friendo yaniqueques, ni conjuntos típicos, ni alquiler de tubos de camión y trajes de baño. Ni ruidosas mesas de dominó, ni magos, ni enfermos mentales. Mucho menos tíos borrachos curándote con orín la quemadura de una aguaviva. No había nada de lo que hacía de Boca Chica, la playa a la que solíamos ir los fines de semana y la que nos tocaba como miembros de la clase media baja capitaleña, parte del mundo real.

Playa Dorada era otro país. Un país “felizmente” segregado. En el agua y las tumbonas estaban los “americanos” como llamábamos entonces a todos los blancos. Vestidos con coloridos uniformes, siempre sonrientes, políglotas y serviciales, atléticos y sensuales, los negros.

Un extraño instinto mimético se activó en mi madre y mi padrastro que estuvieron hablándonos en el poco inglés que sabían cada vez que salíamos de la habitación. Mi hermanastra y yo, imitándolos a ellos, improvisamos un lenguaje que no comunicaba nada, excepto las ganas de ser extranjeras.

Ya para los 90, el todo incluido se había democratizado. Dominicanos de dentro y fuera del país descubrieron su maravillosa fórmula y comenzaron a hacer de la misma una tradición de semana santa, verano y días festivos. Puerto Plata dejó de ser el polo principal de este tipo de turismo y aparecieron otros nombres. El boombox bachatero retumbó donde antes reinaba impoluto el pop europeo de los acuaeróbicos.

Bávaro y Punta Cana abrieron un nuevo espacio de oportunidad laboral. Estudiar hotelería se puso de moda y también se puso de moda dejar la universidad para ir a trabajar a un todo incluido. Muchos miembros de la comunidad LGBT hallaron refugio como coreógrafos, bailarines y “animadores” en el show de variedades que sin falta ofrecían y ofrecen estos hoteles. Muchas mujeres que trabajaban en casas de familia sin garantías, ni beneficios, se liberaron de su semi esclavitud gracias a estas nuevas oportunidades.

Yo quería conocer mi país, el “de verdad” y la idea de una playa amurallada, con piscinas y barras genéricas, me resultaba aburrida y problemática.

Para cuando tuve la posibilidad económica de elegir mi propio destino vacacional el todo incluido no era una opción. Yo quería conocer mi país, el “de verdad” y la idea de una playa amurallada, con piscinas y barras genéricas, me resultaba aburrida y problemática. En los carros destartalados de mis amigos, y en autobuses, motoconchos y camionetas, recorrimos un país inmenso y extraño, de una belleza descomunal y una pobreza terrible. Un país que enamoraba y daba miedo al mismo tiempo y en el que más de una vez, por mi color de piel, por mi educación, por los privilegios de los que he gozado, me comporté como una “americana” de visita más.

Veo fotos de estos viajes a campos y playas fuera del circuito turístico – con niños descalzos y hermosos, junto a pescadores y vendedoras de pellizas – y me pregunto si mi búsqueda de “lo real” no era una búsqueda pretensiosa; de paisaje tan banal e inconsecuente como una visita a un resort. Que no importa la cantidad de propinas y buenos deseos con que cubriera a mis anfitriones, a mi regreso a la capital se convertirían en colores chatos de postal. Su precariedad seguiría allí, anquilosada y perfecta para una portada de National Geographic.

Me enfrento a las muertes de turistas en República Dominicana como uno de ellos. Gente que quería botar el golpe, vivir una aventura, una aventura segura, un extracto de paisaje sin consecuencias. Pero esto último es imposible, porque incluso dentro del aislamiento y la profilaxis de estos hoteles, la vida y su doloroso entramado estadístico continúan.

En el año 2017 más de 2.7 millones de turistas estadounidenses visitaron la República Dominicana de los cuales 17 fallecieron. 5 muertes más que las 11 que la prensa internacional se ha esforzado en catalogar de escandalosa. En declaraciones para la revista Time, el Departamento de Estado confirmó que no hay un aumento en las muertes de turistas en República Dominicana y especialistas aseguran que República Dominicana sigue siendo un lugar seguro para visitar.

La sensacional cobertura de las muertes no se trata de una conspiración de la competencia turística en el área, ni de una pelea entre mafias hoteleras. Los responsables están en nuestra cara: un “news cycle” feroz que necesita alimentación constante y que ha hecho de la tragedia humana su plato favorito. ¿En cuántos clics se convierte el drama de unos turistas inocentes que pierden la vida “inexplicablemente” en el paraíso?


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